Berlinguer y el giro del lenguaje en el partido comunista italiano

Miembro del Partido Comunista Italiano desde los veintiún años, Enrico Berlinguer empezó de militante comunista en 1943 y acabó en la cumbre, de secretario general del PCI, en 1972. A los treinta y cuatro años dirigió el Instituto de Frattocchie, que formaba a los cuadros políticos del partido, y en 1957 ya se consolidó como un adalid del comunismo entre los jóvenes italianos, empezando su reivindicación de un “comunismo a la italiana”, al declarar que los cuadros del partido no tenían por qué visitar obligatoriamente Moscú, como se venía haciendo. Poco después, en 1960, fue elegido director de la Secretaría del Partido Comunista Italiano, exponiendo durante el XXII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, en 1961, la voluntad del PCI de escoger su propio destino. En 1962, Berlinguer ocupó el cargo de secretario de las Relaciones Exteriores del partido, siendo responsable de todas las delegaciones comunistas italianas en el exterior.

Al frente de exteriores mantuvo relaciones con Vietnam, Corea del Norte y otros países de la órbita comunista, como Rumanía o Bulgaria. El 11 de junio de 1969, durante la Conferencia Internacional de Partidos Comunistas que se celebraba en Moscú, el PCUS quiso buscar el apoyo de los demás partidos comunistas estableciendo que la sociedad socialista partía y debía buscar el mismo modelo que el soviético. Sin embargo, la contundencia de su discurso y la defensa de un comunismo y una reivindicación socialista propia y adaptada a Italia lo alejó de las tesis soviéticas y lo proyectó como líder moral del Partido Comunista Italiano. El 13 de marzo de 1972, durante el XIII Congreso del PCI, Enrico Berlinguer sería elegido secretario general. Empezando así un giro en el lenguaje del PCI, así como la creación de un referente para otros partidos comunistas, como fueron el PCE español y el PCF francés.

En 1973, el derrocamiento del presidente Salvador Allende por parte del ejército en Chile provocó que los dos mayores partidos políticos italianos, el PCI y la DC (Democracia Cristiana), buscasen puntos de apoyo mutuo para que, en caso de crisis institucional de alguno de los dos, el sistema democrático y las instituciones italianas siguiesen activas. Esto provocó que sus dirigentes, Aldo Moro por parte de la DC y Berlinguer por parte del PCI, se pusieran de acuerdo en la supervivencia de los gobiernos democráticos frente a las opciones extremistas que pudieran surgir. Este pacto para mantener la estabilidad provocó un nuevo giro en el lenguaje del espectro político, pues planteaba que la izquierda política estaba formada por el Partido Comunista Italiano, sin mencionar a los socialistas.

La reivindicación por parte de Berlinguer de una alternativa democrática rompió los esquemas de gran parte de los comunistas europeos, y marcó la senda del eurocomunismo, ideología fundamentada en un comunismo dentro de un sistema democrático. En 1975 se consolidó este pacto de estabilidad democrática entre las fuerzas comunistas y las democratacristianas, y que se denominó “compromesso storico”.

En 1976, durante una conferencia frente 5.000 delegados comunistas en Moscú, anunció que el PCI apostaba por un sistema pluralista de partidos. Desde entonces el PCI acentuó su giro político y se distanció de la Unión Soviética y del Pacto de Varsovia, alianza militar de los estados satélites de la URSS. Ese mismo año en una entrevista en el Corriere della Sera declaró que se sentía seguro bajo el paraguas de la OTAN, porque evitaba la injerencia de la Unión Soviética.

En 1977 el PCI, con Berlinguer como secretario general del partido, consigue establecer la austeridad como forma de vida comunista. En un largo discurso, pide a los miembros y simpatizantes del partido un arduo esfuerzo para vivir dentro de la austeridad, y la define como: “Austeridad significa rigor, eficiencia, seriedad y también justicia, es decir, lo contrario de lo que hemos conocido y sufrido hasta ahora y que nos ha conducido a la gravísima crisis cuyos daños hace años que se acumulan y se manifiestan hoy en Italia en todo su dramático alcance”. Una política basada en la crítica a los “derroches” gubernamentales y a la sobreproducción, y también en favor del ahorro y no del gasto, puesto que se provoca que exista cierta periodicidad en las crisis económicas. Por ello Berlinguer establece una forma de vida austera y a favor del espíritu crítico inexistente en “partidos que están en el poder en los países socialistas”, siendo una de las frases finales de su discurso: “Pero ni los partidos ni el Estado han de exigir obediencias, imponer concepciones del mundo ni limitar en modo alguno las libertades intelectuales”.

Ese mismo año, el 7 de octubre de 1977, Enrico Berlinguer responde por carta a monseñor Bettazzi, clérigo italiano, sobre la relación del Partido Comunista Italiano con la Iglesia y la religión cristiana. En ella rompe con el ateísmo imperante del resto de los partidos comunistas, declarándose laico y aclarando: “El Partido Comunista Italiano, como tal, es decir, como partido, organización política, ¿de manera explícita profesa la ideología marxista, como filosofía materialista atea? Sólo una aclaración sobre los datos, le digo que no”. Y más adelante añade: “Ahora, a partir de este gran patrimonio de ideales y de orientación cultural deriva quizás la concepción de un partido político que profesaba una filosofía, y, en particular, un materialista metafísico y doctrina atea, y que se propone imponer, o incluso para favorecer, en actividad política y en el estado, una ideología y el ateísmo en particular. De nuevo, decididamente contesto no.”

Siendo el punto decisivo de la carta, aquel en el que reconoce que en una nueva sociedad el papel de las organizaciones cristianas y las instituciones eclesiásticas será fundamental: “Sin embargo, no tengo ninguna dificultad en reconocer que, aun cuando el Estado va a asegurar una cantidad y calidad de los servicios sociales cada vez mayor, debe ser garantizada la aportación libre de organizaciones cristianas e instituciones de la Iglesia en los campos de las actividades destinadas a satisfacer los nuevos requisitos de la construcción de una sociedad democrática, libre, más justa y nueva”.

En 1980 inicia el distanciamiento final con la Unión Soviética y todos los partidos comunistas vinculados al PCUS al condenar la intervención soviética en Afganistán. En 1981 Berlinguer declaró que la Revolución de Octubre estaba exhausta al producirse la Intervención de Polonia, la declaración de la Ley Marcial en el país. Ante esta declaración, un alto dirigente comunista, Armando Cossutta, hombre del PCI aún vinculado a Moscú, intentó que Berlinguer se hiciese atrás, y al no conseguirlo, tanto el periódico Pravda como el PCUS expulsaron al PCI y a Berlinguer de los círculos soviéticos.

El 7 de junio de 1984, mientras hacía un discurso electoral en Padua, sufrió una hemorragia cerebral, muriendo tres días después. Más de un millón de personas asistieron a su funeral, incluyendo líderes de la izquierda y de la derecha italiana.

Enrico Berlinguer acercó, con su cambio de semántica, el Partido Comunista Italiano a los católicos y a los socialdemócratas, como también consiguió romper los vínculos con la Unión Soviética más allá del muro, iniciando de este modo una revolución democrática en los senos de los partidos comunistas más importantes de Europa Occidental.

Publicat al número 14 de la Beerderberg Magazine

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Rerum novarum y el nacimiento de la democracia cristiana

“La Iglesia pide a sus hijos que piensen duro y piensen limpio. Luego, les pide que hagan dos cosas con sus pensamientos. Primero, les pide que exterioricen esos pensamientos en el mundo concreto de la economía, el gobierno, el comercio y la educación, y que por la exteriorización de la belleza, limpien los pensamientos para producir una civilización bella y limpia”, escribía monseñor Fulton J. Sheen, obispo estadounidense, en 1956.

La doctrina social cristiana tiene su origen en 1682, cuando el clero francés firmó la Declaración de los Cuatro Artículos, escrita por Bossuet, en la que se declaraba políticamente dependiente y subordinado a la monarquía francesa en lugar de al Papa. Esta brecha, en plena revolución filosófica, permite que aparezca un movimiento social en el seno del catolicismo en Francia que no aparecería consolidado en otros países hasta la encíclica Rerum Novarum de 1891. Dos años después de la firma de la Declaración de los Cuatro Artículos, en la que se creó lo que se conocería como galicanismo, Juan Bautista de La Salle funda la Congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, cuya principal misión será la creación de una red de escuelas gratuitas para la formación de jóvenes pobres e hijos de trabajadores. Más adelante, él mismo consolidaría una red de centros de estudio formativo especializado, lo cual fue completamente revolucionario, ya que se enseñaba en grupo y en francés, no en latín.

La filosofía lasaliana se impregnó en todo el territorio, como también el galicanismo. Como consecuencia de ello, en plena Revolución francesa, se crea la Constitución Civil del Clero, por la que el clero francés pasa a ser, bajo juramento, una rama del funcionariado francés y pasa a depender directamente del Estado revolucionario, un hecho que, tras ser ejecutado Robespierre, se abolió. En 1801, Napoleón Bonaparte como cónsul negocia el Concordato con la Santa Sede para establecer la paz entre la Iglesia y Francia después de las medidas revolucionarias contraeclesiásticas del Terror. Es entonces cuando el régimen concordatario francés establece la libertad de culto católico en el país, el derecho del gobierno francés de nombrar a los eclesiásticos y que sea el Estado francés quien pague los salarios a los eclesiásticos del país, manteniéndose inalterable hasta 1905.

Así pues, después del Imperio napoleónico, las ideas de la revolución siguen vigentes y es entonces cuando aparecen dos eminentes figuras eclesiásticas en Francia que empiezan a crear una concienciación social a través de las bases del enciclopedismo: Félicité Robert de Lamennais y Henri-Dominique Lacordaire.

El primero, Lamennais, acabaría rompiendo con el Papado, estableciendo las bases del llamado socialismo cristiano, que va a favor de la separación de la Iglesia y el Estado, y por tanto la prevalencia de una doctrina cristiana sin Iglesia para conducir a las masas a través de la caridad hacia el progreso. Y por otro lado, Henri-Dominique Lacordaire, que abandonaría el enciclopedismo y se uniría fuertemente a la Iglesia, convirtiéndose así en el más célebre orador a favor de la justicia social católica desde el púlpito de Nuestra Señora de París. Vinculado a ambos, aparece Frédéric Ozanam, católico que funda la Sociedad de San Vicente de Paúl, cuyas principales máximas son promover la dignidad y la integridad humanas de los más necesitados.

Esta sociedad crece rápidamente por Francia, siendo considerada la primera institución que promueve la doctrina de la democracia cristiana. Incluso Ozanam será visto como uno de los precursores del concepto, junto con Lacordaire y Lamennais.

Pocos años después, en la península itálica, Luigi Taparelli d’Azeglio, jesuita y filósofo italiano, crea el término “justicia social”, y a través de la publicación de La Civiltà Cattolica, publicación todavía hoy existente, expande esta idea a través de todo el territorio. Años después, según un grupo de teólogos reunidos años antes por orden del pontífice León XIII, el corporativismo es definido como un sistema de organización social que tiene como base la agrupación de los hombres, de acuerdo a la comunidad de intereses naturales y funciones sociales, y como órganos verdaderos y adecuados al Estado dirigen y coordinan el trabajo y el capital en los intereses comunes.

Esta idea, en la que se habla claramente de la subsidiariedad y de los problemas que ha provocado la revolución industrial en las clases sociales más bajas y que pretende reivindicar que la Iglesia tome partido para solucionarlos, sería la que influenciase a León XIII a escribir en 1891 la encíclica Rerum Novarum, que establecería las bases de la doctrina social de la Iglesia, y que acabaría influenciando a la democracia cristiana a través de los años y del corporativismo cristiano. Este último, inspirado por la Primera Epístola de Pablo de Tarso a los corintios, que forma parte del Nuevo Testamento. Es por ello por lo que, para afrontar la deshumanización del ser humano y la falta de dignificación social que están sufriendo los trabajadores debido al sistema económico, se creará una nueva doctrina.

Una doctrina ésta fuertemente contraria al socialismo porque éste dificulta la “facultad de aumentar los bienes familiares y procurar utilidades” y promueve el odio entre las clases sociales, doctrina que además reivindica la propiedad privada como base del sistema corporativista para generar riqueza. Según el pontífice, el rol de la Iglesia es dar respuesta al problema social y por lo tanto, Estado y religión deben ir juntos. Y también carga contra el liberalismo, porque éste genera que haya una explotación entre los hombres y un abuso al tratarlos como si fuesen objetos lucrativos en lugar de personas.

La crítica hacia el socialismo y el liberalismo se mantendrá hasta nuestros días, aunque ya no la necesidad del predominio del corporativismo como sistema político.

La necesidad de organizar y crear una corriente política en las sociedades occidentales que defienda estas tesis, provoca que diferentes pontífices autoricen a los católicos a formar parte de los sistemas políticos democráticos para confeccionar una derecha política que defienda sus intereses, así como también la doctrina social frente al socialismo y al liberalismo. El nacimiento de la Acción Católica como consecuencia de la encíclica Il firmo proposito en 1905 es la semilla política de los partidos demócrata cristianos actuales, empezando a ser definida por Benedicto XV como la participación de los laicos en el apostolado jerárquico.

Luigi Sturzo, sacerdote italiano que se convirtió en político al ser el secretario general de la Acción Católica italiana, fundó, junto a De Gasperi, el Partido Popular Italiano, que abanderaba el corporativismo cristiano. Al ascender el fascismo en el país, tuvo que exiliarse al ser declarado el partido ilegal por las autoridades del nuevo régimen en 1925. En las elecciones de 1919 el partido obtuvo 100 de los 508 diputados, siendo por tanto una de las principales fuerzas políticas de la Italia de entreguerras. La mayoría de los miembros del PPI serían después los fundadores de la Democrazia Cristiana que prácticamente se mantendría en el poder desde 1946 hasta 1991. Ese mismo año, el pontífice Juan Pablo II, escribió la carta encíclica Centesimus Annus, con motivo del centenario de la Rerum Novarum, estableciendo un nuevo precepto democrático al respecto.

La flexibilización de la importancia de los valores y de la tradición católica hizo que algunas voces se levantaran en contra de los partidos demócrata cristianos por no respetar ni la democracia cristiana ni la doctrina social de la Iglesia. Llegando al hecho que, en 1981, Juan Pablo II condicionara su apoyo a la DC de Fanfani porque no promulgaba del todo con los valores cristianos aunque llevase la etiqueta de cristiano. El abandono de la cuestión moral en el seno del partido hizo tambalear el apoyo eclesiástico del partido a lo largo de la década de 1980.

Aun así, como escribe el pontífice Juan Pablo II en la carta encíclica de 1991, anteriormente citada: “La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica (…). Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia”.

Publicat al número 11 de la Beerderberg Magazine.

La Cuestión Romana

“Prisioneros en el Vaticano”. Así es como se denominaron a sí mismos los sucesivos Pontífices de la Santa Iglesia Católica durante el conflicto de la Cuestión Romana (1861-1929). Este período de casi 60 años se inició cuando el Rey del Piamonte, Víctor Emmanuel II, se proclamó Rey de Italia gracias al Parlamento de Turín afirmando que Roma –hasta aquel momento capital de los Estados Pontificios– pasaría a ser forzosamente la capital del nuevo país unificado. Ante el rechazo vaticano, se desató una controversia que llevó a 5 sucesivos Papas a devolver a la Iglesia su lugar como actor internacional, lográndolo aún sin salir de los límites de su territorio.

La Caída de Roma

En 1870 Monseñor Xavier de Mérode observó como sus zuavos –los únicos que quedaban como cuerpo profesional junto la milicia después de que Napoleón III movilizase al Ejército Francés frente los Prusianos– no capitulaban en la Pía Porta, luchando contra Víctor Emmanuel II y llegando a utilizar hasta la bayoneta para mantener la independencia de su Estado. Lejos quedaban los Tercios subiendo por las escaleras de San Pedro mientras la Guardia Suiza protegía a Clemente VII durante el Saqueo de Roma de 1522. Aún así fue imposible evitar la tragedia, Roma cayó frente los piamonteses y con ella los Estados Pontificios.

Tras esta contienda el Papa Pío IX se encerró en la Basílica San Pedro, no reconociendo a Italia y declarándose “preso en Roma”, un hecho que lo llevó a no aparecer públicamente salvo en las misas “intra muros”. Aun así, la Iglesia se iba expandiendo diplomáticamente, ganando un peso socialmente muy relevante. Incluso, comenzó a ser un actor internacionalmente pese a no tener imagen pública, como demuestran las Encíclicas papales del período. Dentro de Italia, el hecho de no existir como Estado tampoco les hizo menos importantes.

Sin embargo, la política interna contrastó profundamente con la estrategia exterior. La disposición “Non expedit” de Pío IX veía inaceptable que cualquier participación de católicos en las elecciones políticas del Reino, pues participar o tomar partido ya era reconocer al Estado unificado. León XIII mantuvo esta férrea disposición hasta el final de su pontificado, siendo uno de los elementos más relevantes durante aquellos 60 años, dada la magnitud de su proyecto “extra muros”.

De nuevo actor internacional

La Cuestión Romana institucionalizó una nueva forma de hacer política para el Papado, dirigiendo sus esfuerzos hacia fuera de los límites de la península a través de canales no oficiales. La Encíclica “Rerum Novarum” de León XIII –que trataba sobre la situación de la clase obrera– demostraba que el Papa conocía los problemas sociales sin salir de sus dependencias, no estando alejado de sus fieles a pesar de no salir de sus dependencias. Así, cualquier estamento de la jerarquía eclesiástica le servía para conocer lo que sucedía en cualquier lugar del mundo.

Otra Encíclica trascendental del momento fue la “Immortale Dei” sobre la relación de la Santa Sede y los Estados-Nación. Debido a que el Pontífice no podía salir de Roma, el Nuncio Papal lo representaba espiritualmente, actuando como embajador de la figura Papal. Así, su voz podía llegar a cualquier Jefe de Estado, incluso ejercer de mediador en cualquier posible conflicto, –como sucedió con las Islas Carolinas entre Alemania, España y Estados Unidos un año antes–. El papel de León XIII, quien trató a muchos países en sus encíclicas, fue clave para la expansión política de la Iglesia.

Coexistencia pacífica

Pío X fue el Papa que inició el período de la distensión con el gobierno italiano. Una de las primeras medidas que llevó a cabo fue suavizar la política de no participación en sus asuntos públicos, debido al avance del Socialismo en el país. Con motivo de hacerle frente, el Papa escribió la Encíclica “Il Fermo Proposito”, donde permitía al Clero y a los laicos católicos estudiar el problema social. La flexibilidad de esta Encíclica permitió a los católicos votar a partidos moderados. Además, en 1919 escribió la Constitución Apostólica “Commissum Nobis”, prohibiendo los vetos en la elección papal por parte de los Estados que tenían el privilegio histórico de hacerlo, – un ejemplo fue cuando el Emperador de Austria-Hungría vetó a Mariano Rampolla del Tindaro, un de los favoritos en el Conclave en que Pío X fue elegido–.

El 25 de mayo de 1914 Benedicto XV fue nombrado, quien en plena Primera Guerra Mundial hizo que la Santa Sede se declarase neutral, buscando mediar la paz en los años de ésta. Celebre és la “Tregua de Navidad” de ese mismo año, inspirada por su deseo de paz e implementada por los soldados del frente occidental en Nochebuena. Fue después de la Gran Guerra cuando derogó la disposición “Non expedit”, permitiendo fundar el Partido Popular Italiano, de inspiración católica. Además, fue de los primeros teóricos de una posible unificación europea en su encíclica “Pacem Dei Munus” de 1920.

Para hacer frente a la situación post-guerra, el Vaticano mandó emisarios y empezó una ardua campaña en favor de la libertad de culto, tras observar que el fascismo y el nacionalismo extremo, eran junto el socialismo y el comunismo, una ofensa a la libertad. Su legado estuvo marcado por ser uno de los primeros Papas estrechamente vinculados a la Paz, con una obra social orientada a curar a los enfermos y dar cobijo a los necesitados para amortiguar las consecuencias de la Gran Guerra.

La necesidad del Gobierno Italiano

En 1922 Pío XI fue elegido Papa en la primera coronación pública desde 1870, mostrando su voluntad de cambio respecto a la política de encierro en el Vaticano. Este Pontificado abarcó casi todo el período de entreguerras. Tras este tiempo se empezaron a observar las primeras evidencias de reconciliación con el Gobierno italiano, gracias al discurso del 3 de enero de 1925 de Benito Mussolini. El nuevo régimen fascista necesitaba legitimación y ello pasaba por no tener en contra a los católicos italianos. De esa forma, empezó la negociación en el Palacio de Letrán en 1926, gestando el acuerdo político entre los dos Estados.

En 1929, tras cinco Pontificados –Pío IX, León XIII, Pío X, Benedicto XV– y sesenta años de enfrentamiento con Italia, Pío XI firmó los Pactos de Letrán. Estos acuerdos pusieron fin a la “Cuestión Romana” acordando con la Italia fascista la creación un nuevo Estado Pontificio para la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, llamado desde entonces Ciudad del Vaticano.

La crisis de los misiles cubanos

Vinieron técnicos, con sus mapas y punteros, y nos dijeron que, si observábamos con atención, veríamos que se estaba construyendo una base de misiles en un campo próximo a San Cristóbal, Cuba.” Robert F. Kennedy

El 11 de setiembre de 1962 el Gobierno soviético afirmó públicamente que no había necesidad de transferir misiles soviéticos a Cuba, días después que se descubriera bajo la apariencia de un pueblo pesquero, posibles emplazamientos futuros de misiles, una base de submarinos y un astillero naval. Pocos días después, un agente norteamericano creyó que se estaban instalando misiles cerca de San Cristóbal, y otro que había escuchado al piloto del Presidente Fidel Castro en estado ebrio y jactándose de la instalación de misiles soviéticos en Cuba. Dado que no lo habían comprobado, el propio Robert F. Kennedy aseguró poco después que se trató de un error desestimarlos, pero eran insuficientes para emprender acciones al no haber pruebas más convincentes.

El día 16 de octubre, día que empezó la Crisis de los Misiles, las imágenes eran alarmantes pero no muy claras, pues no se sabía que estaba sucediendo cerca de San Cristóbal. Después que el Gobierno soviético dijese que no mandaría misiles a la isla, las fotografías mostraban como se estaban instalando bases para el lanzamiento de estos, pero que aún no estaban a punto para ser utilizadas. Esta situación provocó que muchos de los altos mandos que estaban con el Presidente Kennedy pidiesen que se bombardeasen las posiciones, debido a esto, su hermano Robert le paso una nota diciendo: “Ahora sé lo que sintió Tojo cuando estaba planeando lo se Pearl Harbour”.

A la mañana siguiente unas nuevas fotografías mostraban otras instalaciones con entre 16 a 32 misiles operativos en una semana. Al cabo de veinticuatro horas, los técnicos de inteligencia, determinaron que llevaban una carga nuclear dentro del promedio de la Unión Soviética y apuntaban directamente a ciudades de los Estados Unidos, haciendo que en caso de ataque, murieran más de ochenta millones de personas. El General Curtis LeMay, Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Aéreas, fue el defensor acérrimo a una respuesta militar, un hecho que el Presidente Kennedy desaprobó advirtiendo que habría respuesta soviética al respecto. Robert McNamara, Secretario de Defensa, se desmarcó en privado de los militares afirmando que el bloqueo será más útil que un ataque militar.

El 18 de octubre, Andrei Gromiko, Ministro soviético de Asuntos Exteriores, llegó a la Casa Blanca para tratar la crisis con el Presidente Kennedy, pero debido a la negación por parte del Ministro de la instalación de misiles en Cuba y la defensa que la Unión Soviética no estaba poniendo armas ofensivas en la isla, no se llegó a ninguna resolución. A la mañana siguiente, gran parte del Gabinete del Presidente Kennedy estaba a favor del bloqueo, habiendo algunas personas que pasaron de un extremo al otro durante ese día.

Tal como expresa Robert Kennedy en su libro “Trece Días”: “El argumento más poderoso contra el ataque militar masivo, era que un ataque por sorpresa socavaría, y acaso destruiría, la posición moral de Estados Unidos en todo mundo.”

Como consecuencia de haber llegado hasta este punto, donde el ataque militar era visto como la única salida, el Representante de los Estados Unidos en las Naciones Unidas, Adlai Stevenson, propuso un intercambio para mantener el statu quo anterior a la escalada. La Unión Soviética retiraría los misiles de Cuba, y los Estados Unidos retirarían los misiles Saturno de Turquía e Italia, además de la retirada de Guantánamo. Aunque la prensa recibía filtraciones de algún miembro que colaboraba en las reuniones, dada la cuantía de gente involucrada, el equipo del Presidente Kennedy supo controlar los rumores y el lunes por la mañana todos los periódicos llevaban en portada que el Presidente pronunciaría un discurso por la noche. En el discurso se anunciaba el inicio del bloqueo a Cuba.

Trasladado el debate en las Naciones Unidas, el Sr. Stevenson debido a las evasivas respuestas del Representante de la URSS, este afirmó: “Estoy dispuesto a esperar la respuesta hasta que se enfríe el infierno, si usted así lo quiere. Y también estoy dispuesto a presentar la prueba en esta sala”. Desplegando así unos caballetes y colocando las imágenes aéreas de los misiles. A partir de este momento, debido al punto de vista de Ted Sorensen- quien le escribía los discursos al Presidente Kennedy- y Kenneth O’Donell, quien fue su secretario personal, empezaron los efectos de la diplomacia colateral a través de vías no oficiales al ser de los pocos que confiaban en ello.

Poco después se recibió una carta de Kruschev completamente emotiva reflexionando sobre el valor de las vidas humanas, un hecho que fue corroborado por el periodista de la ABC, John Scali, que recibió un mensaje de un alto cargo de la Embajada soviética. En este mensaje se acordaba la retirada de los misiles de la isla a cambio del levantamiento del bloqueo controlado por las Naciones Unidas, y la promesa que Cuba no sería invadida. Al cabo de poco se recibió otra carta de Kruschev exigiendo la retirada de los misiles en Turquía y la no invasión de Cuba. Nadie del Gabinete de Kennedy sabía bien lo que ocurría en la URSS frente a las contradicciones que se daban entre ambas cartas.

Gracias a Ted Sorensen, solo se dio importancia a la primera carta de Kruschev, aceptando la oferta. El Secretario de Estado Rusk y el Presidente Kennedy acordaron que su hermano Robert sería quien se entrevistase con el Embajador de la URSS en Washington DC. Acordándose la retirada de los misiles de la isla, y al cabo de unos meses, la retirada de los misiles Saturno de Turquía, consiguiendo que ambas potencias se presentasen como ganadoras frente sus ciudadanos, terminando así la Crisis de Cuba a la mañana siguiente.

Como conclusión, podemos afirmar que el mundo no cayó por el abismo de una guerra nuclear gracias a la importancia del “speechwriter” Sorensen, sirviendo como ejemplo de la importancia del lenguaje en una crisis diplomática; la vinculación de la política y los medios de comunicación, al ser trascendental el discurso del bloqueo de Cuba; y la resolución de conflictos más allá de los canales oficiales.

Tal como recita el Presidente Kennedy en su carta del día 28 de octubre a Kruschev: “Nuestros países tienen grandes tareas sin terminar, y sé que su pueblo, lo mismo que el de los Estados Unidos, no pide más que poder continuarlas, sin miedo a la guerra.” Afirmando en las siguientes líneas la voluntad de acabar con la proliferación del armamento nuclear de ambas potencias.