Berlinguer y el giro del lenguaje en el partido comunista italiano

Miembro del Partido Comunista Italiano desde los veintiún años, Enrico Berlinguer empezó de militante comunista en 1943 y acabó en la cumbre, de secretario general del PCI, en 1972. A los treinta y cuatro años dirigió el Instituto de Frattocchie, que formaba a los cuadros políticos del partido, y en 1957 ya se consolidó como un adalid del comunismo entre los jóvenes italianos, empezando su reivindicación de un “comunismo a la italiana”, al declarar que los cuadros del partido no tenían por qué visitar obligatoriamente Moscú, como se venía haciendo. Poco después, en 1960, fue elegido director de la Secretaría del Partido Comunista Italiano, exponiendo durante el XXII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, en 1961, la voluntad del PCI de escoger su propio destino. En 1962, Berlinguer ocupó el cargo de secretario de las Relaciones Exteriores del partido, siendo responsable de todas las delegaciones comunistas italianas en el exterior.

Al frente de exteriores mantuvo relaciones con Vietnam, Corea del Norte y otros países de la órbita comunista, como Rumanía o Bulgaria. El 11 de junio de 1969, durante la Conferencia Internacional de Partidos Comunistas que se celebraba en Moscú, el PCUS quiso buscar el apoyo de los demás partidos comunistas estableciendo que la sociedad socialista partía y debía buscar el mismo modelo que el soviético. Sin embargo, la contundencia de su discurso y la defensa de un comunismo y una reivindicación socialista propia y adaptada a Italia lo alejó de las tesis soviéticas y lo proyectó como líder moral del Partido Comunista Italiano. El 13 de marzo de 1972, durante el XIII Congreso del PCI, Enrico Berlinguer sería elegido secretario general. Empezando así un giro en el lenguaje del PCI, así como la creación de un referente para otros partidos comunistas, como fueron el PCE español y el PCF francés.

En 1973, el derrocamiento del presidente Salvador Allende por parte del ejército en Chile provocó que los dos mayores partidos políticos italianos, el PCI y la DC (Democracia Cristiana), buscasen puntos de apoyo mutuo para que, en caso de crisis institucional de alguno de los dos, el sistema democrático y las instituciones italianas siguiesen activas. Esto provocó que sus dirigentes, Aldo Moro por parte de la DC y Berlinguer por parte del PCI, se pusieran de acuerdo en la supervivencia de los gobiernos democráticos frente a las opciones extremistas que pudieran surgir. Este pacto para mantener la estabilidad provocó un nuevo giro en el lenguaje del espectro político, pues planteaba que la izquierda política estaba formada por el Partido Comunista Italiano, sin mencionar a los socialistas.

La reivindicación por parte de Berlinguer de una alternativa democrática rompió los esquemas de gran parte de los comunistas europeos, y marcó la senda del eurocomunismo, ideología fundamentada en un comunismo dentro de un sistema democrático. En 1975 se consolidó este pacto de estabilidad democrática entre las fuerzas comunistas y las democratacristianas, y que se denominó “compromesso storico”.

En 1976, durante una conferencia frente 5.000 delegados comunistas en Moscú, anunció que el PCI apostaba por un sistema pluralista de partidos. Desde entonces el PCI acentuó su giro político y se distanció de la Unión Soviética y del Pacto de Varsovia, alianza militar de los estados satélites de la URSS. Ese mismo año en una entrevista en el Corriere della Sera declaró que se sentía seguro bajo el paraguas de la OTAN, porque evitaba la injerencia de la Unión Soviética.

En 1977 el PCI, con Berlinguer como secretario general del partido, consigue establecer la austeridad como forma de vida comunista. En un largo discurso, pide a los miembros y simpatizantes del partido un arduo esfuerzo para vivir dentro de la austeridad, y la define como: “Austeridad significa rigor, eficiencia, seriedad y también justicia, es decir, lo contrario de lo que hemos conocido y sufrido hasta ahora y que nos ha conducido a la gravísima crisis cuyos daños hace años que se acumulan y se manifiestan hoy en Italia en todo su dramático alcance”. Una política basada en la crítica a los “derroches” gubernamentales y a la sobreproducción, y también en favor del ahorro y no del gasto, puesto que se provoca que exista cierta periodicidad en las crisis económicas. Por ello Berlinguer establece una forma de vida austera y a favor del espíritu crítico inexistente en “partidos que están en el poder en los países socialistas”, siendo una de las frases finales de su discurso: “Pero ni los partidos ni el Estado han de exigir obediencias, imponer concepciones del mundo ni limitar en modo alguno las libertades intelectuales”.

Ese mismo año, el 7 de octubre de 1977, Enrico Berlinguer responde por carta a monseñor Bettazzi, clérigo italiano, sobre la relación del Partido Comunista Italiano con la Iglesia y la religión cristiana. En ella rompe con el ateísmo imperante del resto de los partidos comunistas, declarándose laico y aclarando: “El Partido Comunista Italiano, como tal, es decir, como partido, organización política, ¿de manera explícita profesa la ideología marxista, como filosofía materialista atea? Sólo una aclaración sobre los datos, le digo que no”. Y más adelante añade: “Ahora, a partir de este gran patrimonio de ideales y de orientación cultural deriva quizás la concepción de un partido político que profesaba una filosofía, y, en particular, un materialista metafísico y doctrina atea, y que se propone imponer, o incluso para favorecer, en actividad política y en el estado, una ideología y el ateísmo en particular. De nuevo, decididamente contesto no.”

Siendo el punto decisivo de la carta, aquel en el que reconoce que en una nueva sociedad el papel de las organizaciones cristianas y las instituciones eclesiásticas será fundamental: “Sin embargo, no tengo ninguna dificultad en reconocer que, aun cuando el Estado va a asegurar una cantidad y calidad de los servicios sociales cada vez mayor, debe ser garantizada la aportación libre de organizaciones cristianas e instituciones de la Iglesia en los campos de las actividades destinadas a satisfacer los nuevos requisitos de la construcción de una sociedad democrática, libre, más justa y nueva”.

En 1980 inicia el distanciamiento final con la Unión Soviética y todos los partidos comunistas vinculados al PCUS al condenar la intervención soviética en Afganistán. En 1981 Berlinguer declaró que la Revolución de Octubre estaba exhausta al producirse la Intervención de Polonia, la declaración de la Ley Marcial en el país. Ante esta declaración, un alto dirigente comunista, Armando Cossutta, hombre del PCI aún vinculado a Moscú, intentó que Berlinguer se hiciese atrás, y al no conseguirlo, tanto el periódico Pravda como el PCUS expulsaron al PCI y a Berlinguer de los círculos soviéticos.

El 7 de junio de 1984, mientras hacía un discurso electoral en Padua, sufrió una hemorragia cerebral, muriendo tres días después. Más de un millón de personas asistieron a su funeral, incluyendo líderes de la izquierda y de la derecha italiana.

Enrico Berlinguer acercó, con su cambio de semántica, el Partido Comunista Italiano a los católicos y a los socialdemócratas, como también consiguió romper los vínculos con la Unión Soviética más allá del muro, iniciando de este modo una revolución democrática en los senos de los partidos comunistas más importantes de Europa Occidental.

Publicat al número 14 de la Beerderberg Magazine

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La Cuestión Romana

“Prisioneros en el Vaticano”. Así es como se denominaron a sí mismos los sucesivos Pontífices de la Santa Iglesia Católica durante el conflicto de la Cuestión Romana (1861-1929). Este período de casi 60 años se inició cuando el Rey del Piamonte, Víctor Emmanuel II, se proclamó Rey de Italia gracias al Parlamento de Turín afirmando que Roma –hasta aquel momento capital de los Estados Pontificios– pasaría a ser forzosamente la capital del nuevo país unificado. Ante el rechazo vaticano, se desató una controversia que llevó a 5 sucesivos Papas a devolver a la Iglesia su lugar como actor internacional, lográndolo aún sin salir de los límites de su territorio.

La Caída de Roma

En 1870 Monseñor Xavier de Mérode observó como sus zuavos –los únicos que quedaban como cuerpo profesional junto la milicia después de que Napoleón III movilizase al Ejército Francés frente los Prusianos– no capitulaban en la Pía Porta, luchando contra Víctor Emmanuel II y llegando a utilizar hasta la bayoneta para mantener la independencia de su Estado. Lejos quedaban los Tercios subiendo por las escaleras de San Pedro mientras la Guardia Suiza protegía a Clemente VII durante el Saqueo de Roma de 1522. Aún así fue imposible evitar la tragedia, Roma cayó frente los piamonteses y con ella los Estados Pontificios.

Tras esta contienda el Papa Pío IX se encerró en la Basílica San Pedro, no reconociendo a Italia y declarándose “preso en Roma”, un hecho que lo llevó a no aparecer públicamente salvo en las misas “intra muros”. Aun así, la Iglesia se iba expandiendo diplomáticamente, ganando un peso socialmente muy relevante. Incluso, comenzó a ser un actor internacionalmente pese a no tener imagen pública, como demuestran las Encíclicas papales del período. Dentro de Italia, el hecho de no existir como Estado tampoco les hizo menos importantes.

Sin embargo, la política interna contrastó profundamente con la estrategia exterior. La disposición “Non expedit” de Pío IX veía inaceptable que cualquier participación de católicos en las elecciones políticas del Reino, pues participar o tomar partido ya era reconocer al Estado unificado. León XIII mantuvo esta férrea disposición hasta el final de su pontificado, siendo uno de los elementos más relevantes durante aquellos 60 años, dada la magnitud de su proyecto “extra muros”.

De nuevo actor internacional

La Cuestión Romana institucionalizó una nueva forma de hacer política para el Papado, dirigiendo sus esfuerzos hacia fuera de los límites de la península a través de canales no oficiales. La Encíclica “Rerum Novarum” de León XIII –que trataba sobre la situación de la clase obrera– demostraba que el Papa conocía los problemas sociales sin salir de sus dependencias, no estando alejado de sus fieles a pesar de no salir de sus dependencias. Así, cualquier estamento de la jerarquía eclesiástica le servía para conocer lo que sucedía en cualquier lugar del mundo.

Otra Encíclica trascendental del momento fue la “Immortale Dei” sobre la relación de la Santa Sede y los Estados-Nación. Debido a que el Pontífice no podía salir de Roma, el Nuncio Papal lo representaba espiritualmente, actuando como embajador de la figura Papal. Así, su voz podía llegar a cualquier Jefe de Estado, incluso ejercer de mediador en cualquier posible conflicto, –como sucedió con las Islas Carolinas entre Alemania, España y Estados Unidos un año antes–. El papel de León XIII, quien trató a muchos países en sus encíclicas, fue clave para la expansión política de la Iglesia.

Coexistencia pacífica

Pío X fue el Papa que inició el período de la distensión con el gobierno italiano. Una de las primeras medidas que llevó a cabo fue suavizar la política de no participación en sus asuntos públicos, debido al avance del Socialismo en el país. Con motivo de hacerle frente, el Papa escribió la Encíclica “Il Fermo Proposito”, donde permitía al Clero y a los laicos católicos estudiar el problema social. La flexibilidad de esta Encíclica permitió a los católicos votar a partidos moderados. Además, en 1919 escribió la Constitución Apostólica “Commissum Nobis”, prohibiendo los vetos en la elección papal por parte de los Estados que tenían el privilegio histórico de hacerlo, – un ejemplo fue cuando el Emperador de Austria-Hungría vetó a Mariano Rampolla del Tindaro, un de los favoritos en el Conclave en que Pío X fue elegido–.

El 25 de mayo de 1914 Benedicto XV fue nombrado, quien en plena Primera Guerra Mundial hizo que la Santa Sede se declarase neutral, buscando mediar la paz en los años de ésta. Celebre és la “Tregua de Navidad” de ese mismo año, inspirada por su deseo de paz e implementada por los soldados del frente occidental en Nochebuena. Fue después de la Gran Guerra cuando derogó la disposición “Non expedit”, permitiendo fundar el Partido Popular Italiano, de inspiración católica. Además, fue de los primeros teóricos de una posible unificación europea en su encíclica “Pacem Dei Munus” de 1920.

Para hacer frente a la situación post-guerra, el Vaticano mandó emisarios y empezó una ardua campaña en favor de la libertad de culto, tras observar que el fascismo y el nacionalismo extremo, eran junto el socialismo y el comunismo, una ofensa a la libertad. Su legado estuvo marcado por ser uno de los primeros Papas estrechamente vinculados a la Paz, con una obra social orientada a curar a los enfermos y dar cobijo a los necesitados para amortiguar las consecuencias de la Gran Guerra.

La necesidad del Gobierno Italiano

En 1922 Pío XI fue elegido Papa en la primera coronación pública desde 1870, mostrando su voluntad de cambio respecto a la política de encierro en el Vaticano. Este Pontificado abarcó casi todo el período de entreguerras. Tras este tiempo se empezaron a observar las primeras evidencias de reconciliación con el Gobierno italiano, gracias al discurso del 3 de enero de 1925 de Benito Mussolini. El nuevo régimen fascista necesitaba legitimación y ello pasaba por no tener en contra a los católicos italianos. De esa forma, empezó la negociación en el Palacio de Letrán en 1926, gestando el acuerdo político entre los dos Estados.

En 1929, tras cinco Pontificados –Pío IX, León XIII, Pío X, Benedicto XV– y sesenta años de enfrentamiento con Italia, Pío XI firmó los Pactos de Letrán. Estos acuerdos pusieron fin a la “Cuestión Romana” acordando con la Italia fascista la creación un nuevo Estado Pontificio para la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, llamado desde entonces Ciudad del Vaticano.

El mismo Putin, la nueva Rusia

“El pasado viernes, 24 de abril, celebramos un nuevo Beers&Politics. En esta ocasión el título de la jornada fue “El mismo Putin, la nueva Rusia“, a cargo de Guillem Pursals Jaime. Este es su resumen:

“Rusia necesita ser más Rusia y menos occidente”. Con esta frase del escritor ruso de finales del siglo XIX, Fiodor Dostoievski, se refleja con acierto la esencia de por qué Vladimir Putin es tan querido en su país y tan odiado en occidente. Putin, ex dirigente del Servicio Federal de Seguridad, –también llamado la KGB–; Presidente Provisional tras la renuncia de Boris Yeltsin, antiguo Presidente del Consejo de Ministros de la Unión de Rusia y Bielorrusia; exvicepresidente del Gobierno; exprimer Ministro de Rusia y exlíder de Rusia Unida; hoy es el Presidente del país más extenso del mundo, donde lleva casi 15 años como dirigente. ¿Pero cuáles son las claves de su éxito, que le hacen rondar entre el 77-88% de popularidad entre su pueblo, mientras en el exterior es sinónimo de la política no correcta, de aquello que desafía la paz y la estabilidad del mundo entero?

En primer lugar, el tipo de sociedad. El pueblo ruso tradicionalmente ha sido caudillista, pues tanto en la Rusia Imperial, como en la etapa Soviética, y también en la etapa democrática, el país siempre ha tenido una elite que dirigía y gestionaba el extenso territorio, mientras que el pueblo obedecía sin cuestionar muchas veces las órdenes que se le daban. La potestad de la vieja aristocracia zarista pasó a la Nomenclatura, y ésta al Kremlin y a los altos funcionarios del Estado, mientras el pueblo aceptaba su sino.

Segundo, el peso de las fuerzas armadas, muy importantes para la Federación. En ese sentido, Putin es visto como un garante de su correcto funcionamiento y una persona que entiende las necesidades tecnológicas o de modernización del Ejército. Tal importancia se hizo visible en momentos como el accidente del submarino Kursk, que se hundió sin que el Presidente interviniera, provocando gran revuelo en el país. Se demostró que los códigos y ordenanzas militares habían quedado anticuados, cayendo todo el peso de la responsabilidad de la tragedia sobre Putin. Debido a este hecho y a la expansión de la OTAN en los países del antiguo Pacto de Varsovia, emprendió una serie de políticas de “reordenación” militar para modernizar la industria militar y todo lo relativo a ella para hacer frente a los retos que supondrían los nuevos horizontes dentro del campo militar y técnico, además del estratégico. Así pues, es totalmente admirado por su tenacidad y su apoyo a las acciones recomendadas a las altas jerarquías militares.

Además, las acciones sucedidas en Georgia (cuando Putin envió al ejército a proteger un colegio atacado donde había niños rusos) o Crimea (con la independencia de Ucrania), se han visto desde dentro de la Federación como una acción defensiva de las gentes rusas que viven en el exterior y necesitan amparo. En el segundo caso, incluso llegó a construir un puente comunicando la Federación con la península, reconociendo cierta singularidad y haciendo una inversión a gran escala, fortaleciendo aún más la figura de un Presidente que cuida a sus ciudadanos.

En tercer lugar, el papel de la Iglesia Ortodoxa. Rusia es el país con mayor número de ortodoxos, quienes ven en el actual Presidente de la Federación un defensor de la cristiandad y por eso le dan su apoyo a pesar de que en el exterior los ciudadanos no lo comprendan. Por ejemplo, la Ley contra la Propaganda Homosexual fue una reacción al deseo de millones de fieles, quienes pedían regular de nuevo esta opción sexual. Este hecho desde el exterior se vio como homófobo, dañando su imagen, pero desde dentro del país fue contemplado como una acción en defensa de la tradición y los valores. El pasado avala este hecho, pues en la Unión Soviética la homosexualidad estaba perseguida con la cadena perpetua, mientras que durante el periodo Yeltsin se legalizó pero la gente estaba en contra, y con Vl. Putin se ha regulado, siendo incluso una ley para muchos sectores “suave”. Sin embargo, la directriz no es de ámbito federal y da margen suficiente a los Estados que integran la Federación para poder aplicarla si lo creen necesario, siendo solamente aplicada en las grandes ciudades del país.

Uno de los últimos puntos a destacar es la acción exterior. Fuera del país, Vladimir Putin es visto como un líder expansionista por su apoyo a empresas nacionales a la hora de invertir en el extranjero, pero desde dentro del país, es fuertemente aplaudido por la recuperación de antiguos socios en Latinoamérica y Asia, incluyendo China y la antigua orbita euroasiática soviética. Ejemplo de ello sería el Canal sino-ruso de Nicaragua, donde las dos grandes potencias están haciendo un canal transoceánico rival del de Panamá (de capital estadounidense), poniendo en jaque la presencia militar y estrategia norteamericana en la zona, al poder establecerse dos bases en el país. Incluso, empresas como Gazprom, empresa bandera energética de Rusia, están consolidando su expansión en zonas del Brasil o Asia Central, además de gestionar anteriormente los recursos energéticos de toda Centroeuropa desde el acuerdo energético con Schroeder, ex-Canciller alemán al promover el North Stream.

Por todos estos puntos, por haber devuelto al pueblo ruso su ilusión perdida, comprendiendo su carácter y respetado sus símbolos, por haber dado a Rusia más Rusia y menos occidente, como diría Dostoievski, los motivos por que Putin ha conseguido ser el super Presidente que hoy en día es. El mismo Putin, en una nueva Rusia, que ha sabido adaptarse a los tiempos, recobrando la esencia de la Federación y de sus gentes.”

La crisis de los misiles cubanos

Vinieron técnicos, con sus mapas y punteros, y nos dijeron que, si observábamos con atención, veríamos que se estaba construyendo una base de misiles en un campo próximo a San Cristóbal, Cuba.” Robert F. Kennedy

El 11 de setiembre de 1962 el Gobierno soviético afirmó públicamente que no había necesidad de transferir misiles soviéticos a Cuba, días después que se descubriera bajo la apariencia de un pueblo pesquero, posibles emplazamientos futuros de misiles, una base de submarinos y un astillero naval. Pocos días después, un agente norteamericano creyó que se estaban instalando misiles cerca de San Cristóbal, y otro que había escuchado al piloto del Presidente Fidel Castro en estado ebrio y jactándose de la instalación de misiles soviéticos en Cuba. Dado que no lo habían comprobado, el propio Robert F. Kennedy aseguró poco después que se trató de un error desestimarlos, pero eran insuficientes para emprender acciones al no haber pruebas más convincentes.

El día 16 de octubre, día que empezó la Crisis de los Misiles, las imágenes eran alarmantes pero no muy claras, pues no se sabía que estaba sucediendo cerca de San Cristóbal. Después que el Gobierno soviético dijese que no mandaría misiles a la isla, las fotografías mostraban como se estaban instalando bases para el lanzamiento de estos, pero que aún no estaban a punto para ser utilizadas. Esta situación provocó que muchos de los altos mandos que estaban con el Presidente Kennedy pidiesen que se bombardeasen las posiciones, debido a esto, su hermano Robert le paso una nota diciendo: “Ahora sé lo que sintió Tojo cuando estaba planeando lo se Pearl Harbour”.

A la mañana siguiente unas nuevas fotografías mostraban otras instalaciones con entre 16 a 32 misiles operativos en una semana. Al cabo de veinticuatro horas, los técnicos de inteligencia, determinaron que llevaban una carga nuclear dentro del promedio de la Unión Soviética y apuntaban directamente a ciudades de los Estados Unidos, haciendo que en caso de ataque, murieran más de ochenta millones de personas. El General Curtis LeMay, Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Aéreas, fue el defensor acérrimo a una respuesta militar, un hecho que el Presidente Kennedy desaprobó advirtiendo que habría respuesta soviética al respecto. Robert McNamara, Secretario de Defensa, se desmarcó en privado de los militares afirmando que el bloqueo será más útil que un ataque militar.

El 18 de octubre, Andrei Gromiko, Ministro soviético de Asuntos Exteriores, llegó a la Casa Blanca para tratar la crisis con el Presidente Kennedy, pero debido a la negación por parte del Ministro de la instalación de misiles en Cuba y la defensa que la Unión Soviética no estaba poniendo armas ofensivas en la isla, no se llegó a ninguna resolución. A la mañana siguiente, gran parte del Gabinete del Presidente Kennedy estaba a favor del bloqueo, habiendo algunas personas que pasaron de un extremo al otro durante ese día.

Tal como expresa Robert Kennedy en su libro “Trece Días”: “El argumento más poderoso contra el ataque militar masivo, era que un ataque por sorpresa socavaría, y acaso destruiría, la posición moral de Estados Unidos en todo mundo.”

Como consecuencia de haber llegado hasta este punto, donde el ataque militar era visto como la única salida, el Representante de los Estados Unidos en las Naciones Unidas, Adlai Stevenson, propuso un intercambio para mantener el statu quo anterior a la escalada. La Unión Soviética retiraría los misiles de Cuba, y los Estados Unidos retirarían los misiles Saturno de Turquía e Italia, además de la retirada de Guantánamo. Aunque la prensa recibía filtraciones de algún miembro que colaboraba en las reuniones, dada la cuantía de gente involucrada, el equipo del Presidente Kennedy supo controlar los rumores y el lunes por la mañana todos los periódicos llevaban en portada que el Presidente pronunciaría un discurso por la noche. En el discurso se anunciaba el inicio del bloqueo a Cuba.

Trasladado el debate en las Naciones Unidas, el Sr. Stevenson debido a las evasivas respuestas del Representante de la URSS, este afirmó: “Estoy dispuesto a esperar la respuesta hasta que se enfríe el infierno, si usted así lo quiere. Y también estoy dispuesto a presentar la prueba en esta sala”. Desplegando así unos caballetes y colocando las imágenes aéreas de los misiles. A partir de este momento, debido al punto de vista de Ted Sorensen- quien le escribía los discursos al Presidente Kennedy- y Kenneth O’Donell, quien fue su secretario personal, empezaron los efectos de la diplomacia colateral a través de vías no oficiales al ser de los pocos que confiaban en ello.

Poco después se recibió una carta de Kruschev completamente emotiva reflexionando sobre el valor de las vidas humanas, un hecho que fue corroborado por el periodista de la ABC, John Scali, que recibió un mensaje de un alto cargo de la Embajada soviética. En este mensaje se acordaba la retirada de los misiles de la isla a cambio del levantamiento del bloqueo controlado por las Naciones Unidas, y la promesa que Cuba no sería invadida. Al cabo de poco se recibió otra carta de Kruschev exigiendo la retirada de los misiles en Turquía y la no invasión de Cuba. Nadie del Gabinete de Kennedy sabía bien lo que ocurría en la URSS frente a las contradicciones que se daban entre ambas cartas.

Gracias a Ted Sorensen, solo se dio importancia a la primera carta de Kruschev, aceptando la oferta. El Secretario de Estado Rusk y el Presidente Kennedy acordaron que su hermano Robert sería quien se entrevistase con el Embajador de la URSS en Washington DC. Acordándose la retirada de los misiles de la isla, y al cabo de unos meses, la retirada de los misiles Saturno de Turquía, consiguiendo que ambas potencias se presentasen como ganadoras frente sus ciudadanos, terminando así la Crisis de Cuba a la mañana siguiente.

Como conclusión, podemos afirmar que el mundo no cayó por el abismo de una guerra nuclear gracias a la importancia del “speechwriter” Sorensen, sirviendo como ejemplo de la importancia del lenguaje en una crisis diplomática; la vinculación de la política y los medios de comunicación, al ser trascendental el discurso del bloqueo de Cuba; y la resolución de conflictos más allá de los canales oficiales.

Tal como recita el Presidente Kennedy en su carta del día 28 de octubre a Kruschev: “Nuestros países tienen grandes tareas sin terminar, y sé que su pueblo, lo mismo que el de los Estados Unidos, no pide más que poder continuarlas, sin miedo a la guerra.” Afirmando en las siguientes líneas la voluntad de acabar con la proliferación del armamento nuclear de ambas potencias.