El guardián de Palmira

Después de meses de combates, de avances de las fuerzas armadas sirias, la ciudad de Tadmur ha sido liberada, y con ella, la antigua ciudad de Palmira. Una ciudad en ruinas, y más aún después de la destrucción iconoclasta por parte del Estado Islámico de gran parte del patrimonio de la ciudad. Una ciudad que, después de 4000 años de existencia, aun se eleva en el desierto sobreviviendo a quien ha querido acabar con ella. Esta vez, ha sido el Daesh, pero anteriormente fueron los griegos, los mesopotámicos, los romanos, los persas, los diferentes califatos e incluso tribus árabes.

No fue hasta 3500 años después de su fundación, en el 1400, cuando la dinastía de los timúridas arrasó la ciudad haciendo que los habitantes tuviesen que vivir entre ruinas. Y fue en 1932 cuando, bajo el Mandato Francés de Siria y Líbano, se fundó la ciudad de Tadmur al lado de esas ruinas para que los habitantes viviesen allí. Tres años antes, en 1929, el arqueólogo Henri Arnold Seyrig empezó la catalogación y las labores arqueológicas en la ciudad milenaria, situando la ciudad en el orbe. Como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, las investigaciones tuvieron que cesar hasta que terminase el conflicto.

En 1950, Seyrig publicó “Palmira y el Este” sobre la importancia de la antigua ciudad durante las etapas macedónica de Alejandro Magno y la romana. Además de contar desde tiempos del rey Salomón la historia de la ciudad, destacó su contexto como una de las ciudades clave en las rutas comerciales cercanas al Éufrates, empezando a descubrir al mundo la importancia y la trascendencia del yacimiento arqueológico. Pero no fue hasta 1963, cuando un joven Khaled Al-Asaad, fue nombrado Director del Sitio Arqueológico de Palmira. Con menos de 35 años, este joven dominaba el inglés, el antiguo dialecto de Palmira y el arameo.

Cinco años después que Al-Asaad fuese nombrado director, Seyrig publicó un nuevo libro sobre una de las más importantes edificaciones de la ciudad, el Templo de Bel, originalmente Bol. El templo medía, pues debido a la iconoclastia del Daesh ya no existe, 205 x 210 metros, cuya puerta estaba decorada con un arco de 35 metros de ancho, con una monumental escalera. Según un escrito del 51 d. C. había un incensario de oro y tazones de libación, para hacer ceremonias. Además, según cuenta Seyrig, una imagen del dios Bel custodiada en el templo era sacada en procesión por la ciudad.

Al morir Seyrig en 1973, Al-Asaad fue designado guardián y protector de las ruinas. Él siguió los pasos de Seyrig y descubrió en la parte greco-romana de la ciudad nuevas ruinas, un hallazgo sin precedentes pues las torres que descubrió enterradas en la montaña dibujan hoy uno de los paisajes de la ciudad. Además, catalogó de nuevo todos los hallazgos, pieza por pieza, imagen a imagen, para poder analizar en profundidad y poder dar una difusión universal a tal yacimiento arqueológico. Encontró diferentes necrópolis, de diferentes épocas más allá de las que estaban teorizadas, consiguiendo hallazgos impresionantes como un gran mosaico de setenta metros cuadrados, una columnata o incluso 700 monedas del siglo séptimo de la dinastía sasánida.

Empezó a restaurar gran parte de las ruinas con su equipo: el teatro de la ciudad, la gran muralla y el Tetrapylon. Era tal su amor por Palmira que llamó a una de sus hijas Zenobia, como la reina de Palmira del siglo tercero. Al-Asaad internacionalizó las misiones arqueológicas a la ciudad, haciendo que polacos, franceses, ingleses, italianos e incluso japoneses, estableciesen misiones arqueológicas trabajando codo con codo con las misiones arqueológicas sirias. Esto creó un gran vínculo entre todos los arqueólogos pues se establecieron como guardianes de la historia antigua de la ciudad, internacionalizando también el patrimonio universal sirio.

Al empezar la guerra civil siriana y la incursión del Estado Islámico, Khaled Al-Asaad solicitó que todas las piezas posibles se desplazasen desde Palmira a Damasco para evitar daños, como también todos los dibujos, archivos y documentos originales respecto la antigua ciudad. Esto provocó que hubiese un éxodo forzado del patrimonio, como también de los equipos arqueológicos de la ciudad hacia la capital, quedando solamente en la ciudad los yacimientos propiamente urbanos, y determinadas estatuas.

Con la entrada del Estado Islámico a la ciudad, Khaled Al-Asaad decidió que lo mejor que podía hacer, como guardián durante más de 40 años de las históricas ruinas, era permanecer con ellas hasta el final. Y así fue. El arqueólogo de Tadmur decidió quedarse en su ciudad natal incluso aun sabiendo que los takfiristas destruirían las estatuas, e incluso los yacimientos, como habían hecho en otros lugares del país. La iconoclastia que llevaban por bandera no se detendría por muy antiguas fuesen las ruinas, o por muy importantes que fuesen. Y aun sabiéndolo, se quedó, sentenciando su vida.

Bajo los delitos de “apostata”, “conferencias infieles”, “director de la idolatría”, visitar el “herético Irán”, el 18 de agosto de 2015 fue decapitado a la edad de 81 años a manos del Daesh o ISIS. Toda la comunidad arqueológica del mundo sintió al enterarse de la noticia gran pena por este hecho, pues el guardián de Palmira había sido asesinado al proteger lo que más quería.

Gracias a sus cuarenta años al frente del yacimiento arqueológico hoy, una vez liberada la ciudad antigua de Palmira como Tadmur, podemos hablar de reconstrucción al detalle de todo lo que el Estado Islámico ha destruido. Su labor ha vuelto eterna la ciudad, las ruinas, cada una de las columnas, cada uno de los rostros de las estatuas como también los templos y yacimientos urbanísticos. Desde las torres funerarias al Templo de Bel. Desde los mosaicos del suelo hasta los altos capiteles de las columnas, todo puede ser de nuevo reconstruido gracias a la labor de un gran hombre que mejoró lo que otro anterior, Seyrig, había empezado.

Khaled Al-Asaad, el último guardián de Palmira, contribuyó dedicando toda su vida a la histórica ciudad, y esta lo premió haciéndolo inmortal.

Ruinas que inspiraron a parte de la filosofía europea, símbolos de la libertad contra la opresión y la tiranía, de la eternidad de Siria y de su historia, de un pasado lleno de esplendor que aún pervive en cada una de las personas del país, portadoras de ese legado.

Imagen: Khaled al-Asaad in 2002. Marc DEVILLE / Gamma-Rapho via Getty Images.

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